sábado, 26 de julio de 2008

¿qué predicamos? ¿Cómo predicamos?

Antes de su ascensión al cielo, el Señor Jesús, dejó un solemne encargo a sus discípulos: “me seréis testigos” (Hechos 1:8). Esta expresión se ha convertido en el motor de la obra evangélica a lo largo de estos dos milenios. Muchos hermanos motivados por el mandato del Señor, dejaron la comodidad y felicidad de sus hogares y se lanzaron a la gran empresa de la obra misionera, llevando el mensaje de amor y reconciliación por Jesucristo.

Desde los primeros cristianos hasta el presente, la iglesia ha desarrollado, con altos y bajos, el rol que el Señor mismo le impusiera en el libro de los Hechos y que Pedro resume claramente en 1ª Ped. 2:9,10: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable; vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, pero que ahora sois pueblo de Dios; que en otro tiempo no habíais alcanzado misericordia, pero ahora habéis alcanzado misericordia”.

De ambas porciones podemos deducir que básicamente la predicación del evangelio es testimonio. ¿Quiénes pueden contar las virtudes de Dios, sino solo aquellos que por su gracia no están mas en las tinieblas, y que ahora son su pueblo y disfrutan de su misericordia?. Por eso el anunciar el evangelio es fundamentalmente contar nuestra experiencia personal con Dios. Lógicamente cuando hablamos de testimoniar, pensamos en palabras o en discursos; sin embargo hoy nos damos cuenta que también significa vida y ejemplo. Divorciar una cosa de la otra es caer en el error de los fariseos, es volcarse a la hipocresía y la falsedad.

Probablemente la falta de poder espiritual de la iglesia de hoy, se deba a la escasez de compromiso con el mensaje que predicamos. Por un lado, cada vez hay más cristianos que viven la espiritualidad de una manera superficial, dependiendo mas de la emoción que de la verdadera devoción y obediencia. También están aquellos que han consagrado como doctrina el principio de que “el fin justifica los medios”, manipulando la Escritura, manejándose con parámetros éticos del mundo.

El autor cristiano Richard Baxter en su libro “El pastor reformado” (año 1659) dice que “aquel que siente lo que habla, con certeza actuará conforme habla... es un fatal error de algunos ministros causar tal desproporción entre su predicación y su vida, de aquellos que estudian mucho para predicar con exactitud, pero apenas estudian para vivir con exactitud. Una semana parece demasiado corta para estudiar cómo hablar durante dos horas y, sin embargo, una hora parece demasiado larga para estudiar cómo vivir toda la semana... ¡Oh!, curiosamente he escuchado con cuánto cuidado predican algunos, y cuán descuidadamente los he visto que viven...”

Queremos reafirmar este concepto: No podemos predicar lo que no vivimos, es una incongruencia espiritual afirmar algo que no cumplimos.

Por detrás de este error, se cuelan otros problemas en la predicación de nuestros días. Notamos la proliferación de un mensaje liviano, sin demasiado fundamento y con poca exégesis bíblica. Es en algunos casos una mera repetición de textos de la Escritura, muchas veces no interpretados dentro del contexto y con el propósito mas de emocionar que de enseñar. John MacArthur Jr. en su libro “El ministerio pastoral” señala acertadamente que “la pérdida de su fundamento bíblico es la razon principal de la decadencia de la predicación en la iglesia contemporánea. Y el decaimiento de la predicación es un factor enorme que contribuye a la debilidad y mundanalidad de la iglesia. Si la iglesia ha de recobrar su salud espiritual, la predicación debe volver a su fundamento bíblico apropiado”.

También hoy tenemos una predicación “marketinera”, este neologismo indica una predicación a gusto del consumidor, basado más en lo que le interesa a la gente que en lo que Dios quiere decir. Es cierto que las personas tiene necesidades y que acuden a nuestros templos en busca de algo que la satisfaga, pero no debemos olvidar que lo único que trae alivio al alma es el encontrarse con Dios y con su Palabra, no con razonamientos humanos. San Agustín oraba de esta manera: "Nos hiciste para ti, y el corazón del hombre no descansa hasta encontrar descanso en ti.". El individuo que vive lejos de Dios muchas veces siente una profunda necesidad existencial que sólo puede ser satisfecha llenando ese vacío con Dios mismo. Por eso la persona que se acerca con sus conflictos y dilemas, debe encontrarse con Dios como única manera de encauzar la vida.

También queremos mencionar un error cada vez mas común en nuestras predicaciones. Muchos utilizan el púlpito para dirimir cuestiones personales, generalmente escondidas en supuestas discusiones doctrinales, que solo sirven de pantalla para las verdaderas intenciones.

No olvidemos que quien trae el mensaje de Dios, realiza un ministerio profético (obviamente distinto a los profetas bíblicos). El enviado del Señor (un “keryx” heraldo en griego) trae un mensaje avalado por las Sagradas Escrituras, es el vocero de Dios para la congregación que se sienta a escuchar el sermón; por eso utilizar el espacio de la predicación para controversias particulares, es desvirtuar la función del predicador cristiano. Además sería bueno recordar que esta actividad profética o predicación de la Palabra de Dios, debe encuadrarse en los requisitos que Pablo establece en 1ª Cor. 14:3: “el que profetiza habla a los hombres para edificación, exhortación y consolación”. Si con nuestro mensaje lo único que provocamos es el malestar y el desánimo de los hermanos, entonces estamos por mal camino.

Es importante establecer una vez mas, qué debemos predicar, es decir el contenido del mensaje que transmitimos. Para eso es bueno volver a las Escrituras, y mirar al primer predicador de la iglesia cristiana. Hace un poco más de dos mil años, un hombre “sin letras y del vulgo”, se paró en medio de una multitud frente al asombro de ellos, y predicó un mensaje que además de conmover a sus contemporáneos, nos deja una clara lección de los ingredientes que un mensaje cristiano debe tener, por eso observemos juntos el mensaje del Apóstol Pedro en Hechos cap. 2 y 3:

· El mensaje debe ser bíblico, basado en las Sagradas Escrituras. (2:16-21; 25-28; 34-35; 3:22-25 )

· El mensaje debe ser cristocéntrico, ya que el Señor Jesús es el tema central de la Biblia. (2:22; 3:18)

· Debemos acercarnos a la Cruz, porque la muerte de Cristo es una verdad fundamental. (2:23; 3:18 )

· No se debe eludir la verdad del pecado y la culpabilidad del hombre. (2:36; 3:14 )

· El poder de Dios manifestado en la resurrección de Jesucristo, también puede ser efectivo en nosotros. (2:24; 3:15 )

· Al finalizar, el llamado nos hace conscientes de que no podemos volver a nuestros hogares como vinimos. (2:38; 3:19 )

Para concluir recordamos el solemne encargo que Pablo hace a su discípulo Timoteo: “Predica la Palabra” (2ª Timoteo 4:1,2). Creemos que frente a esta etapa de la iglesia que nos toca vivir (tiempos de cambios y crisis), el llamado apostólico tiene una renovada aplicación, porque es junto al Señor y su Palabra en donde podemos aferrarnos como una roca firme para no sucumbir, primeramente aquellos que tienen la responsabilidad y el privilegio de transmitir el mensaje de Dios y en segundo lugar las congregaciones en donde nos desenvolvemos. De alli que la responsablidad sea doble, por un lado la importancia del mensaje y por otro los creyentes que nos escuchan.

Pablo lo exhorta a Timoteo: “Predica la Palabra”, ese es el contenido del mensaje, pero agrega: “persiste en hacerlo, sea o no oportuno; corrige, reprende y anima con mucha paciencia, sin dejar de enseñar”, esa es la manera de llevarlo a cabo. (2ª Tim. 4:2 NVI)

¡Dios nos bendiga ante tan extraordinaria tarea!

"Cantar, cantar"

La música ocupa un lugar importante en nuestra vida. Tal vez porque desde que nacemos oímos canciones. La melodía susurrante de nuestra madre cuando somos bebes, las canciones infantiles con las que jugamos y aprendemos; luego la adolescencia y sus melodías que encierran las vivencias de una época en nuestra vida, finalmente la edad madura con canciones llenas de reflexiones sobre el presente y el futuro.

Una melodía y una letra acorde con cada etapa que vivimos, graba en nuestra memoria, recuerdos imborrables. Notamos que la música es un gran vehículo para transmitir emociones, puede tranquilizar, o exacerbar los sentidos, puede entristecernos, como así también expresar la alegría del corazón.

La Biblia, desde sus primeras páginas nos habla de los músicos (Gen. 4:21). En algunas historias, ocupan un lugar fundamental. David toca el arpa, y el corazón perturbado de Saúl halla reposo; el pueblo de Israel marcha a la ciudad de Jerusalén y lo hace entonando salmos (Sal. 122). En el Nuevo Testamento hallamos al Señor Jesús cantando un himno en la pascua (Mt. 26:30), y a los apóstoles cantando en una prisión (Hechos 16:25). Sin embargo en algunas ocasiones la música y el canto no fueron para edificación, por ejemplo, cuando Israel adora al becerro de oro (Ex. 32:17,18) o cuando se forma una gran orquesta en Babilonia para adorar una imágen (Dan. 3:3-7).

Siendo la música y el canto algo tan importante en nuestras vidas, nos parece poco inteligente no revisar el tipo de música que escuchamos. No pretendemos aquí hacer un estudio al respecto, sin embargo hay un principio bíblico con el cual podemos comenzar este examen.

Pablo en su primera carta a los corintios, tanto en el cap. 6:12 como en 10:23; deja en claro un gran principio que debe regir toda nuestra vida: "Aquello que puede ser lícito, pero no conviene al crecimiento cristiano, porque no edifica". Ésta es una gran verdad, lo que escuchamos puede ser algo que todos oyen, que se transmite libremente, que está de moda, que nos resulta agradable; sin embargo deberíamos preguntarnos: ¿me edifica como creyente? ¿me acerca a Dios? ¿lleva mi mirada al Señor? ¿está de acuerdo a los principios que leemos en la Biblia?.

Hermanos, pensemos que nuestra mente y corazón son como un recipiente. Por la importancia del tema, debemos prestar mucha atención a aquello que le permitimos la entrada, "porque de lo que abunda en el corazón habla la boca" (Lc. 6:45 NVI).

Bendita tú eres...

Se dice que la personalidad, es lo que hace a un individuo único y particular, es decir, son las características que lo distingue de otras personas. También en la personalidad hallamos cualidades que nos permiten saber de qué manera una persona actuará, y cómo será su reacción cuando se halle en diferentes circunstancias.

Teniendo en cuenta estos principios, es que nos parece oportuno indagar acerca de la personalidad de lo que podríamos llamar "una mujer de Dios".

Contrariamente a lo que es el pensamiento común de las personas, estos calificativos no son privativos de un grupo especial o privilegiado, sino que debe ser la meta de todo creyente, en este caso de nuestras hermanas en Cristo. Ser "una mujer de Dios" no es el privilegio de algunas, debe ser la meta de todas.

También nos gustaría destacar que el ser "una mujer de Dios", implica características tales como devoción, entrega, servicio, testimonio, es decir todo aquello que hace a una vida consagrada al Señor. Ser una mujer de Dios nos habla de una vida superior que se concreta en el andar de todos los días.

En las Sagradas Escrituras tenemos hermosos ejemplos de mujeres de Dios, podemos citar sólo algunas de ellas a modo de ilustración: Sara, Jocabed, Ana, Débora, Rut, Ester, Elisabet, María, Febe, Lidia, Priscila, etc. de todas ellas podemos extraer rasgos positivos de su personalidad que las distingue de las demás.

En esta oportunidad quisiéramos centrar nuestra atención en una joven distinguida o señalada, no por los hombres, sino por Dios mismo: María la madre del Señor Jesús.

En los primeros capítulos del evangelio de Lucas, la hallamos atravesando el período de desposorio, en el cual existía un compromiso sin que se consumara el matrimonio. Ella es una mujer joven y humilde de recursos, sin embargo recibe la más extraordinaria noticia: HABÍA SIDO ELEGIDA POR DIOS PARA QUE EN SU VIENTRE FUESE CONCEBIDO EL SALVADOR DEL MUNDO.

Muchas veces pensamos en los episodios que le tocaron vivir a María junto al Señor: comenzando por la concepción en forma excepcional, luego infancia en Nazaret, el comienzo de su ministerio público, el momento crucial del calvario, y los hechos finales de la vida de Cristo en la tierra, su resurrección y ascensión al cielo. ¿Qué cosas pasarían por la mente y corazón de esta joven muchacha? No lo sabemos; no obstante encontramos tres cualidades en su personalidad, que toda mujer cristiana debe imitar.

En primer lugar, podemos ver al ángel Gabriel realizando una extraordinaria declaración a María: Ella era "muy favorecida" y había "hallado gracia delante de Dios". ¿A qué se quiere refiere cuando expresa estas palabras? Sin lugar a dudas Dios se agradaba de la vida de esta joven israelita. Este es un maravilloso sello de aprobación divina, que también tuvieron otros siervos de la antigüedad como Noé, Moisés o David; es una señal, no tanto por lo que María iba a hacer, sino por la fidelidad y la devoción que ya observaba en su andar diario.

También podemos notar, que si bien todo lo que estaba sucediendo producía una lógica confusión en María, cuando Gabriel concluye con su mensaje, se oye una formidable declaración de subordinación y obediencia a Dios. Bien dijo el ángel "nada hay imposible para Dios". Él puede realizar su obra con nosotros o a pesar de nosotros (probablemente muchas veces pasa lo segundo), esta realidad no intimida a María, se observa que tiene una excelente disposición para que se cumpla en ella el plan de Dios. Es importante destacar una vez más que la situación que María iba a enfrentar no sería fácil (en el período del desposorio no podía quedar encinta) no obstante ello estaba dispuesta a obedecer. La obediencia para el cristiano, es una virtud que no debemos ignorar. Dios exige la obediencia de su pueblo (Deut. 10:12 / 1ª Sam. 15:22), y a lo que sabemos del tema podemos agregar que como en el caso de María, los mandamientos y propósitos divinos, no se discuten o excusan, se cumplen.

Se dice que una particularidad de los hombres es el carácter impulsivo, mientras que en el caso de las mujeres es su capacidad de reflexión y análisis, tal vez por eso no sea extraño que María luego de la visita de los pastores en el establo en Belén "atesoraba todas las cosas, reflexionando sobre ellas en su corazón" (Lc. 2:19 BLA). Esta hermosa capacidad femenina, debería ser una práctica de todos los creyentes, el meditar o analizar profundamente en la presencia del Señor, su Palabra y aquellas cosas que nos acontecen, dejan siempre lecciones beneficiosas para nuestra vida. El salmista exclama "¡Oh cuánto amo yo tu Ley!, todo el día es ella mi meditación" (Salmo 119:97) revelando una aspecto importante de la meditación bíblica, el amor por la Palabra de Dios. Quién considera las Escrituras y pone su vida en las manos de Dios alcanza un alto grado de sensibilidad espiritual tal como la virgen María. Sensibilidad que le permite a uno tener el oído afinado para escuchar el consejo divino, los ojos abiertos para observar correctamente el camino a seguir y las manos firmes para mantener el rumbo establecido por Dios.

¿Cómo es una mujer de Dios?. Siguiendo la idea del apóstol Pedro, es aquella mujer que exhibe la verdadera belleza, "la que procede de lo íntimo del corazón y consiste en un espíritu suave y apacible. Esta sí que tiene mucho valor delante de Dios" (1ª Ped.3:4 NVI). No conocemos el aspecto exterior de María, pero al leer los evangelios nos damos cuenta que ella era una mujer verdaderamente bella, porque en el ornato de su corazón brillaba la fidelidad, la obediencia y la sensibilidad espiritual, características propias de una mujer de Dios.

domingo, 30 de marzo de 2008

“Oh Jehová, aviva tu obra en medio de los tiempos” Habacuc 3:2

Siempre es importante indagar en la Palabra de Dios, acerca del avivamiento espiritual. Este es un tema que sin lugar a dudas debemos considerar los creyentes.

Es muy probable que al hablar de aviamiento, nuestra memoria nos recuerde las hermosas historias que hemos leído sobre el despertar espiritual, ocurridas en distintas partes del mundo. Seguramente vienen a nuestra mente el nombre de muchos hermanos que fueron protagonistas de estos movimientos. Solo para mencionar algunos, podemos referirnos al avivamiento del siglo dieciocho bajo Juan Wesley, o Carlos Finney en el año 1821. También podemos recordar a Dwight L. Moody junto a Ira Sankey (autor de una gran cantidad de himnos) en 1871, o Jonatán Goforth en Corea a principios de 1900.

Claro que la pregunta que todos nos hacemos es: ¿En el tiempo que nos toca vivir, es posible un avivamiento? ¿Podemos ser nosotros protagonistas? ¿Necesariamente deben existir los milagros sobrenaturales? ¿Bajo que condiciones se debe dar un avivamiento?

No obstante, pensamos que un avivamiento, no comienza porque oremos mas, o tengamos mas actividades, o prediquemos mas. Todas estas podemos considerarlas como excelentes señales de un necesario cambio interior. Cuando el creyente experimenta una verdadera entrega al Señor, y su Palabra mora en abundancia en él, entonces y sólo entonces se produce un cambio en la vida el cristiano (Colosenses 3:16). Cambio que será manifiesto a todos los que le rodean.

En estos últimos tiempos, muchos pensamos que el Señor viene pronto, y la pregunta es: ¿Cómo nos encontrará? ¿Cuál es el resultado de nuestra labor? y ¿Qué haremos con lo falta hacer?
Realmente necesitamos un avivamiento. Que Dios nos ilumine al considerar este tema.

Esta bien, pero...

En todos los creyentes encontramos dos aspectos bien definidos. Uno positivo y otro negativo. De acuerdo a cuál es el más fuerte, es el grado de fidelidad y devoción al Señor.

No obstante ello, todos tenemos un lado positivo. Tan cierto como que Dios juzga a nuesta vida sumamente importante, porque evidentemente tenemos un aspecto que es determinante.

Lamentablemente, los creyentes tenemos la tendencia a observar solo el lado negativo de las personas y de cosas. Esta práctica nos conduce inexorablemente a un falso juico de valor, porque siempre privilegiamos lo negativo sobre lo positivo, desconociendo o minimizando lo bueno que uno puede llegar a ser o hacer.

Este es un problema que causa, muchas dificultades en el pueblo de Dios, porque produce desánimo en el que trabaja y rencor en el que ha sido juzgado por los demás.

A esta altura, tal vez mas de uno piense que estamos haciendo un alegato a favor de la tolerancia a los errores que puedan realizan nuestros hermanos. Lejos está de nosotros aseverar este principio. Sí, pretendemos llamar a la atención sobre la necesidad de que en el trato unos a otros, podamos poner en práctica algunos principios bíblicos que nos lleven a un mayor respeto por los demás:

a) Valorar al hermano: La Biblia nos exhorta a que en “cuanto a honra, prefiréndoos los unos a los otros” (Rom. 12:10)

b) Nosotros podemos ser los equivocados: Los fariseos en los días del Señor, observaban los errores ajenos, ignorando los propios. Tengamos en cuenta que tal vez los errados podemos ser nosotros. (Mt. 7:5)

c) Corregir con fundamento los errores: El caso de Apolos (Hechos 18:24) es realmente ilustrativo. Él era una persona muy valiosa (elocuente, conocedor de las Escrituras, fervoroso, diligente), pero no conocía toda la verdad del evangelio. El matrimonio de Priscila y Aquila, seguramente vieron lo positivo y con fundamento corrigieron lo negativo. El resultado: Un vigoroso predicador del evangelio.

La tarea que tenemos por delante es muy grande, y las presiones del mundo en que vivimos, son muchas. Por eso es bueno que tomemos para nosotros el consejo que Pablo dejó a la iglesia en Tesalonica: “Anímense y edifíquense unos a otros” (1ª Tes. 5:11 - NVI)

martes, 26 de febrero de 2008

¡CUIDADO CON EL MENSAJERO!

El profeta Jeremías fue a lo largo de cuarenta años el mensajero de Dios para Israel. Durante su ministerio sufrió muchas privaciones, estuvo en la cárcel, fue echado en una cisterna (cap. 38), lo llevaron a Egipto en contra de su voluntad (cap. 43), padeció el rechazo de sus vecinos (11:19–21), de su familia (12:6), sus amigos (20:10), su audiencia (26:8) y los reyes (36:23).

Un párrafo aparte merecen los sacerdotes y aquellos que llamándose profetas, también hostigaron a Jeremías (20:1, 2; 28:1-17: 29:24-32). Hubo dos profetas, Hananías (cap.28) y Semaías (cap.29) que tuvieron un entredicho con Jeremías. El primero profetizaba diciendo que la deportación en Babilonia duraría solamente dos años, el segundo incitaba al sacerdote Sofonías a encarcelar a Jeremías acusándolo de estar loco por el contenido de sus mensajes. La respuesta de Dios para los dos falsos profetas fue similar, ambos serían destruidos por haber proclamado un mensaje basado en la mentira.

Pensemos por un momento en el pueblo de Israel, sumergido en una crisis espiritual, moral y social; recibiendo mensajes que son contradictorios, seguramente alguno se habrá preguntado ¿Cuál profeta es el verdadero? ¿Qué mensaje debemos escuchar?. Jeremias tiene una clara respuesta ante este interrogante (28:9), el cumplimiento de la profecia es señal de la veracidad del profeta. (ver Deut. 18:21,22)

Ahora bien, en este caso podemos observar una artimaña de Satanás; frente a un enérgico llamado de parte de Dios al arrepentimiento, levanta otras voces que también invocan a Dios, pero anuncian mentiras, entonces el objetivo está logrado, la confusión y desorientación solo agravan aún mas el estado general de Israel.

Hermanos, hoy nos toca vivir un tiempo similar al del profeta Jeremías; tiempo de corrupción y decadencia por causa del pecado que reina en el mundo. Como en la antigüedad, Dios hace un enérgico llamado al arrepentimiento y la fe en Cristo, ahora no por un solo profeta, sino a través millones de cristianos que anuncian el mensaje de amor y perdón. Pero atención, como en los tiempos antiguos, el Diablo levantan falsos maestros que predican un mensaje basado en la mentira, la disolución, la avaricia, la esclavitud etc. (ver 2ª Pedro cap. 2).

Seguramente también nosotros podamos tener nuestras dudas. Entonces, ¿Cómo saber cual es el mensaje verdadero?. Hay un método que no falla: Examinar todo a la luz de la Palabra de Dios. Ese es el ejemplo de los creyentes en Berea, "escudriñaban cada día las Escrituras" para comprobar si lo escuchado era verdadero (Hechos 17:10-15). Los creyentes de esta dispensación tenemos la Palabra de Dios completa, y esa es una bendición que no debemos desestimar. Por eso exhortamos a los creyentes a leer la Biblia, estudiarla y meditarla, de tal manera que bien afirmados en ella, podamos resistir los embates de aquellos falsos maestros que procuran distorsionar la pureza del mensaje de Dios para cada creyente.

BIEN CERCA DEL SEÑOR

Cuando leemos en el evangelio de Juan en el capitulo 13 vs. 21 en adelante, observamos al Señor junto a sus discípulos celebrando la cena de la pascua. Ya se avecinan las negras horas de la agonía y la cruz. El Señor ha anticipado su muerte en varias oportunidades, sin embargo parece que los discípulos aún no toman conciencia de lo que está por suceder.

En el cuadro descripto en el texto de referencia, encontramos al mismo Juan recostado cerca del pecho del Señor. Hermosa actitud la del evangelista. Demuestra un sentimiento que se traslada al hecho de estar bien cerca del Señor. Tal vez él es uno de los que aun no se han dado cuenta de que serán testigos presenciales del evento más significativo para la humanidad: Cristo muriendo en nuestro lugar y por nuestros pecados. Seguramente esta ha sido su actitud desde que conoció al Señor, aquel día cuando remendaba sus redes. Desde ese día lo dejó todo por seguir a Jesús, bien cerca de Él.

Bien cerca del Señor, como uno de los doce (Mr. 3:17), cuando resucitó a la hija de Jairo (Mr. 5:37), cuando vio su gloria en el monte de la transfiguración (Mr. 9:2), y presenció su agonía en el Getsemaní (Mr. 14:33). Bien cerca del Señor frente a la cruz junto a aquellas piadosas mujeres (Jn.19:26, 27).

Extraordinaria actitud de un discípulo frente a su Señor, estar bien cerca.

Cuando deseamos estar cerca, bien cerca de una persona; es porque nos alientan algunos de estos factores: el amor, la admiración y la alegría. Tratándose de nuestro Señor Jesús con mas razón. El mismo Juan dice que le amamos a Él, porque Él nos amó primero (1ª Jn. 4:19). Amamos al Señor porque Él nos demostró su amor y misericordia; le admiramos por la grandeza de su persona, porque no hubo ni habrá nadie igual a Él, Cristo es único; y nos alegramos en Él porque su perdón ha sanado nuestro corazón, devolviendo el gozo que el pecado nos quitó.

Con semejantes razones, ¿cómo no vamos a estar cerca del Señor? ¿por que nos vamos a perder la enorme satisfacción de disfrutar su presencia? ¿hay algo mejor? ¿Toda la diversión del mundo o toda la riqueza de esta tierra es mayor que el gozo de seguir a Cristo?, la respuesta es una sola: Nada se puede comparar con la presencia del Señor Jesús.

Hermanos vivamos siempre cerca del Señor, en una intima comunión, que al igual que Juan, por la fe y movidos por nuestro amor a Él, podamos desarrollar nuestra vida cerca, bien cerca del Señor